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La plaga
La plaga calcinó los bosques, asesinó los mares, contaminó los cielos. Nosotros los humanos sobrevivimos en el alivio de las noches, en la oscuridad resignada de los zaguanes, en el descuido de los faroles.
Sabíamos que esta plaga iba a llegar a su extinción. Nuestro instinto de vida hizo sacrificar a los más débiles, para saciar el hambre de las generaciones venideras.
Estas alimañas destructoras tenían, al igual que los escorpiones, la capacidad para autodestruirse. Poseían la organización de las abejas y la destrucción de las langostas. Fue una cuestión de tiempo. Mientras la plaga amontonaba los cuerpos en las cenizas de su civilización fugaz, nosotros evolucionamos.
Nuestros intelectuales quisieron conocer, con sus exhaustivos estudios, las razones de su exterminio. No se encontró ningún motivo aparente. Al parecer, su forma de comunicación difería según la zona del planeta donde habitaban. Acaso no entenderse fue su perdición.
Lo acontecido fue un viceversa de la evolución. Uno de sus lenguajes más antiguos (rescatada del rescoldo inefable de su perdición) vaticinó nuestro augurio. En este lenguaje, el nombre que ellos se adjudicaban para sí derivaba de humus que quería decir tierra. Y a nuestra civilización primitiva le habían otorgado el pueril nombre de cucarachas. Nosotros tomamos el dominio de la tierra y también su nombre.
Su extinción fue inevitable; nuestra supervivencia, también.
Autor: Nahuel Aciar
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